¿Qué hice cuando se firmó el acuerdo de paz?

*Columna de opinión.

Eso mismo se preguntará en unos años. Mirará atrás y muy probablemente encontrará los cimientos de una Colombia mucho mejor, aunque todavía lejos de ser perfecta. Sin duda un momento histórico, no sólo para el país sino para cada uno de nosotros, los responsables de la paz. ¿Qué hacías tú en esos momentos? Nos preguntarán los niños, la primera generación en mucho tiempo que podrá creer en el futuro.

Rememoraremos ese 26 de septiembre de 2016 y entonces responderemos, porque no sólo los que se vistieron de blanco y empuñaron sus plumas para firmar, tendrán historias que contar. “Ese día caminé por la Séptima tachando con un SÍ los carteles que decían NO”, dirán algunos. “Por esa época corté comunicación con mi hija, ya que jamás acepté que fuera lesbiana”. “En ese tiempo trabajaba para el Estado, y llegué a aborrecer el tema de la paz, pues para quienes estaban en el poder, el asunto era tan sólo una cifra a medir”. “Yo pensaba en votar por el NO, porqué consideraba injusto que los exguerrilleros se hicieran con puestos públicos, a los cuales tenían más derecho los jóvenes recién egresados”. “Me encontraba desempleado y desmotivado. Por algún motivo no me interesaba participar y no podía creer en un país de puertas cerradas, hasta que decidí hacer algo”. “El que era Alcalde de mi pueblo obligó a los miembros de mi comunidad a votar por el SÍ, con la amenaza de que si no lo hacíamos nos quitarían las viviendas que el Gobierno nos había dado. A pesar de eso, voté por el NO”. “Yo fui a la Plaza de Bolívar a celebrar el inicio de una nueva era”.

Pensamientos, sentimientos que ese día el viento se llevó mientras ondeaba la bandera de tres colores; vivencias e historias que pasaron desapercibidas como la letra menuda que nunca se lee al firmar.

En todo caso, así lo vivimos muchos colombianos, perdidos en la bruma de opiniones, divididos, confrontados, desilusionados o esperanzados. Algunos, enterados más de lo que quisieran estarlo; otros, para no debatir con sus conciencias, no buscaban saber mucho más que lo necesario. Pero había algo que lograba unir a quienes pensaban diferente, o al menos a la mayoría. De alguna u otra forma, todos queríamos acabar con tantas décadas de violencia. Hubo a quienes les costó más que a otros, pero lo cierto es que nos tocó ceder. A fin de cuentas, eso hace parte de un acuerdo, generar encuentros comunes, dialogar, mediar, dar algo a cambio de recibir otro tanto.

Es momento de estrenar la balanza y ver que pesa más, la violencia o el cambio.

Sí, habrá puestos públicos para desmovilizados. Sí, habrá curules y escenarios políticos para los que fueron líderes guerrilleros. Sí, se reducirán las penas y condenas. Aceptar esto nos duele en las heridas que está misma guerra nos dejó. Pero las heridas deben cicatrizar. Las marcas las seguiremos cargando, pero estás no pueden ser el estigma de quienes están por nacer. Las nuevas generaciones, conformadas por hijos, por nietos, ya sean de guerrilleros o de civiles, merecen encontrarse con un nuevo país, porque nadie más que ellos, son hoy Colombia. De seguro esos niños sacarán más provecho de un país en reconstrucción, que de uno en llamas.

Expongamos el tema de la repartición de puestos públicos. Con ello, un exguerrillero podrá darles sustento y educación a sus hijos, para que estos revindiquen el malestar que sus padres pudieron causar. De este modo, la ciudadanía gana a largo plazo. ¿Actualmente de quiénes son los cargos públicos? No son de los egresados ni mucho menos de los dueños de tantas hojas de vida que revolotean por ahí, son de la “rosca”, de los que tienen contactos, apellidos. Por tanto, ¿qué nos estarían quitando a los jóvenes desempleados que aun así no tenemos empleo? Si se piensa así, el panorama no es que cambie mucho.

Hay a quienes les molesta que la guerrilla tenga participación política; pero acaso, ¿no han subido al poder, y no han gobernado nuestras ciudades, políticos que han tenido historia armada? No es la primera vez que esto sucede, y en todo caso, le hemos dado el voto a personajes de cuello blanco que resultan clavándole los colmillos a esta nación, desangrándola hasta más no poder.

En cuanto a la reducción de condenas, en Colombia no hay un aparato que pueda lidiar con el sistema de castigo inquisitivo que muchos quisieran se implementara. Basta con mirar las cárceles atestadas. El hacimiento ya es alarmante, ahora imagínese si se encerrara a cuanto guerrillero hay. El Gobierno no tiene la capacidad para sostener semejante problemática. Si hay que elegir el más “pequeño” entre los males, yo prefiero que se reduzcan las penas, pensando en la pronta reinserción de quienes participaron en la guerra para que encuentren un lugar de provecho en la sociedad, y no que se pudran durante años tras las rejas, mientras las prisiones se consolidan como nichos de la ilegalidad que inevitablemente se extendería más allá de los barrotes.

Cada quien tiene el derecho legítimo de perdonar o no perdonar, pero si pensamos en una reparación a largo plazo, las víctimas no se repararán con la satisfacción de que el otro esté condenado. Tal vez haya una verdadera reparación si todos, incluyendo al que fue victimario, participamos de la sociedad para generar mejores escenarios, no sólo para las víctimas, sino para todo aquel que descienda de ellas. De otra forma, el odio se seguiría gestando tras las rejas, y fuera de ellas, y en algún punto habrá más víctimas.

Sin duda, decir SÍ no deja de doler. Este SÍ que muchos colombianos estamos dispuestos a dar, puede que no parta de la más pura de las convicciones, sino como resultado de un descontento que se mezcla con algo de esperanza, pues en el fondo todos llevamos una luz encendida que no queremos ver apagar. Decir SÍ implica ceder y entregar, pero por otro lado, es renunciar al odio como pilar de una sociedad que no ha hecho más que desbaratarse en su nombre.

Este SÍ, que al tragarse se incrusta en la garganta por ser bocado de bordes en filo, y que así mismo se acomoda tan bien cuando logra llegar al pecho, me deja en la lengua un sabor indescifrable entre dulce y amargo. Es la misma sensación que el poeta peruano Cesar Vallejo nombró como Trilce, para calificar aquello que es triste y dulce a la vez, o para redimir el dulce padecer de la tristeza. Trilce, así también es el nombre de la librería de un poeta colombiano que murió ese mismo 26 de septiembre, y ese, en últimas, es el sabor del SÍ que Colombia está dispuesta a dar, un grito de esperanza entre el silencio que los muertos nos han dejado.

Para terminar, debo señalar que la paz no se firma. Se necesita mucho más que eso para exorcizar a esta Colombia de los demonios que sobre ella se seguirán abalanzando.

Ojo, que la paz que se firmó es la paz de un Gobierno que busca organizar matemáticamente las capacidades de la vida. Esta paz es una tecnología. No nos dejemos engañar, la paz que se nos vendió, y a la cual tuvimos que acceder como la mejor solución posible, es una paz mal pensada, que se pregunta por el cuerpo-masa, no por la individualidad del sujeto. En este sentido, es un aparato con el que se medirán los procesos biológicos de nuestra sociedad en valores cuantitativos, incapaces de hablar por cada miembro de la sociedad.

El Gobierno y sus instituciones, empezarán a mostrar resultados, productos y cifras, y eso no necesariamente se verá reflejado en reparación, reconstrucción o pedagogía.

Esta paz biopolitizada amenazará con desnaturalizar eso que realmente significa la paz, y la convertirá en un dato virtual. No por nada, el Estado pretende medir el impacto o la aceptación de sus proyectos sociales con base a cuantos likes, share o retweets tienen sus publicaciones en redes sociales. La paz se puso el grillete de los hashtags, a tal punto que estas instituciones presentan el crecimiento de sus estadísticas en redes, como si estas reflejaran de forma incontrovertible la situación actual del país. ¿Acaso la paz es medible? Parece que este tipo de paz, sí lo es. Entonces, ¿qué tipo de paz es la que realmente necesitan los colombianos?

No espere a que sus hijos le pregunten, el día de mañana, que hacía usted mientras se firmaba la paz. Resuelva hoy esa pregunta. Respóndase si celebró el acto protocolario censurando a ese que estaba a su lado, discriminando o mirando mal a quien le pudiera parecer diferente, o si pasó por encima de alguien con tal de lograr un objetivo; o si en cambio, llamó a ese hermano con quien ya no quería seguir peleando, perdonó a quien en el pasado lo lastimó, sembró esperanza en alguien que en él no creía, o si por fin decidió aceptar, como realmente es, a ese que vive bajo su mismo techo. Sea cual sea la respuesta, sabrá cuál es el futuro de Colombia, porque la paz no está en un papel ya firmado, sino en su compromiso.

 

Javier Andrés Arias Bernal

@JaabBernal / silogismocronico@gmail.com

 

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