“La Recoleta” por Borges

LA RECOLETA

(Fervor de Buenos Aires – 1923)

Convencidos de caducidad

por tantas nobles certidumbres del polvo,

nos demoramos y bajamos la voz

entre las lentas filas de panteones,

cuya retórica de sombra y de mármol

promete o prefigura la deseable

dignidad de haber muerto.

Bellos son los sepulcros, 

el desnudo latín y las trabadas fechas fatales,

la conjunción del mármol y de la flor

y las plazuelas con frescura de patio

y los muchos ayeres de la historia

hoy detenida y única.

Equivocamos esa paz con la muerte

y creemos anhelar nuestro fin

y anhelamos el sueño y la indiferencia.

Vibrante en las espadas y en la pasión

y dormida en la hiedra,

sólo la vida existe.

El espacio y el tiempo son formas suyas,

son instrumentos mágicos del alma,

y cuando ésta se apague,

se apagarán con ella el espacio, el tiempo y la muerte,

como al cesar la luz

caduca el simulacro de los espejos

que ya la tarde fue apagando.

Sombra benigna de los árboles,

viento con pájaros que sobre las ramas ondea,

alma que se dispersa en otras almas,

fuera un milagro que alguna vez dejaran de ser, 

milagro incomprensible,

aunque su imaginaria repetición

infame con horror nuestros días.

Estas cosas pensé en la Recoleta,

en el lugar de mi ceniza. 

 

 

Jorge Luis Borges. Fervor de Buenos Aires, Buenos Aires, Emecé Editores, 2007.

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Reflexión:

“La Recoleta” se basa en las reflexiones filosóficas del joven Borges en una de sus tantas visitas al cementerio La Recoleta de Buenos Aires, donde yacen las tumbas de muchos de sus antepasados. Durante ese entonces, el poeta pensó que aquella necrópolis sería su morada final.

“Convencidos de caducidad

por tantas nobles certidumbres del polvo,

nos demoramos y bajamos la voz

entre las lentas filas de panteones,

cuya retórica de sombra y de mármol

promete o prefigura la deseable

dignidad de haber muerto”.

 

El poema inicia revelando la postura del hombre ante la muerte, sobre todo centrándose en el respeto – o temor- que despiertan espacios tales como los cementerios, en donde inevitablemente se confronta -o se acepta- la realidad de la muerte. Para Borges, son los cementerios el mejor lugar para convencerse de la caducidad de la vida, al tiempo que sólo allí se despierta un inexplicable sentido de contemplación.  Tal vez sea porque la muerte es la única certidumbre, aunque ésta sea tan sólo polvo, y lo saben bien cenotafios, osarios y difuntos, objetos y abstracciones que son el lenguaje y la retórica de la dignidad de haber muerto.

Durante el poema, Borges le cantará a lo bello de la muerte, a la imagen poética que descansa en el panteón, lugar en donde se inmortaliza la historia en un único presente compartido y universal, porque la certidumbre de morir es, a fin de cuentas, el único evento histórico en la vida del hombre. Es por ello que las efigies se erigen en los cementerios, para conmemorar dicha verdad.

“Bellos son los sepulcros, 

el desnudo latín y las trabadas fechas fatales,

la conjunción del mármol y de la flor

y las plazuelas con frescura de patio

y los muchos ayeres de la historia

hoy detenida y única”.

 

Más adelante en “La Recoleta”, el poeta anuncia que ese presente compartido se ha malentendido hasta ser llamado muerte, con lo que siembra la duda de que no se encuentra la paz al morir, y nos dirá que la muerte es más que el sueño y la indiferencia con la que se ha confundido. En este poema Borges intenta decir que la muerte es un estado activo, quizá mucho más que la vida misma, porque la paz que se despierta al contemplar y al palpar la muerte en un cementerio, es totalmente distinta a lo que la muerte es en sí.

“Equivocamos esa paz con la muerte

y creemos anhelar nuestro fin

y anhelamos el sueño y la indiferencia”.

 

Por otra parte, Borges dirá que la vida es espacio, tiempo y, paradójicamente, muerte. Por lo anterior, se puede entender que según el poeta la vida es una ficción de lo real, pero también lo es de la muerte. Es por ello, y aunque suene contradictorio, que no se pueden entender estos dos conceptos al enfrentarse a “La Recoleta” sin entenderlos como un mismo estado, que al tiempo son nociones invariablemente opuestas. Tanto es así, que Borges utilizará la imagen del espejo para sobreponer aún más esta dualidad puesta en complemento.

“El espacio y el tiempo son formas suyas,

son instrumentos mágicos del alma,

y cuando ésta se apague,

se apagarán con ella el espacio, el tiempo y la muerte,

como al cesar la luz

caduca el simulacro de los espejos

que ya la tarde fue apagando”.

 

La vida se refleja en la muerte, y ambas son el simulacro de la otra, reflejo que se va desvaneciendo con la tarde, con el paso de la vida que se va apagando. La imagen que aquí utiliza Borges permite pensar que luego de la vida, luego del momento de morir, puede haber todo, puede hacerse presente todo, puede existir todo, menos, precisamente, la muerte. Y ese misterio es la sombra benigna, el viento con pájaros, el alma que se dispersa en otras almas y otras tantas imágenes que hablan de la vida pero también de la muerte.

“Sombra benigna de los árboles,

viento con pájaros que sobre las ramas ondea,

alma que se dispersa en otras almas,

fuera un milagro que alguna vez dejaran de ser, 

milagro incomprensible,

aunque su imaginaria repetición

infame con horror nuestros días.

Estas cosas pensé en la Recoleta,

en el lugar de mi ceniza”.

 

“La Recoleta” deja así la imagen de una muerte incomprensible y milagrosa, en tanto que es vida; un ciclo imaginario que erróneamente se ha entendido como producto de un inicio y de un final completamente contrarios. Muerte, vida, las dos superficies de un espejo de una sola cara, que asombra y horroriza a quien en él se refleja.

Por: Javier Andrés Arias Bernal

TW: @jaabBernal – Instagram: Liter_arias – Contacto: silogismocronico@gmail.com

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