“Nocturno” Neruda (1918)

NOCTURNO

(Los Cuadernos de Neftalí Reyes -1918)

Es de noche: medito triste y solo

a la luz de una vela titilante

y pienso en la alegría y en el dolo, 

en la vejez cansada 

y en juventud gallarda y arrogante.

 

Pienso en el mar, quizás porque en mi oído

siento el tropel bravío de las olas:

estoy muy lejos de ese mar temido 

del pescador que lucha por su vida

y de su madre que lo espera sola.

 

No sólo pienso en eso, pienso en todo:

en el pequeño insecto que camina

en la charca de lodo

y en el arroyo que serpenteando 

deja correr sus aguas cristalinas…

 

Cuando la noche llega y es oscura

como boca de lobo, yo me pierdo

en reflexiones llenas de amargura

y ensombrezco mi mente

en la infinita edad de los recuerdos.

 

Se concluye la vela: sus fulgores

semejan los espasmos de agonía

de un moribundo. Pálidos colores

el nuevo día anuncian y con ellos

terminan mis aladas utopías. 

*

Pablo Neruda. Los cuadernos de Neftalí Reyes, 18.4.1918 / Obras Completas, t. IV, pp.53-54

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Reflexión:

 

Más allá de la indudable y admirable profundidad y melancolía que logra Neftalí Reyes con tan sólo catorce años, hay que decir que “Nocturno”, el poema fundacional de toda la obra nerudiana, guarda una estrecha relación, en primera instancia, con el fuego, con la llama, con la palabra que enciende y escinde, y con todo aquello que prende para titilar en la noche.

 

Es ese anochecer, quizás, un estado en el que el poeta se encuentra con sus más compulsivos pensamientos. Encuentro en el que se prende la llama. Combustión que sólo puede venir del interrogante, del desespero, de la soledad, del silencio… En fin, de cada noche particular.  Tanto es así, que el poema tiene vida en cuanto la llama alumbra. Poema y vela se consumen mutuamente verso a verso, luz a luz, oscuridad a oscuridad. Incluso, la noche de “Nocturno” dura lo que dura la vela encendida, lo cual no es más que el encuentro del poeta con su pena.

 

A su vez, es en “Nocturno” donde Neruda enfrenta conceptos contrarios como parte de la meditación que comprende el poema. El fuego, que flamea cada verso, sopesa la alegría y el dolo, la juventud y la vejez, pero no cualquier tipo de vejez sino una que va más allá de la lozanía de un muchacho de catorce o de la decrepitud de un moribundo; es una edad simbólica la que encierra “Nocturno” tanto en sus imágenes como en la voz de ese longevo pero, pueril poeta. Es por ello que el poema se hace universal, porque su juventud o su vejez van más allá de los años que uno pueda vivir. Dicho de otro modo, el joven Neruda le canta a una edad a la que no se llega con los años, con la experiencia, con la madurez o con la ingenuidad, sino con la melancolía. Y es así como un niño puede ser tan viejo como el dolo en su corazón. Es que cualquiera se hace viejo o joven al contemplar una vela encendida, porque tal vez el fuego tiene la facultad de reflejarnos cansados o de tentarnos a la arrogancia.

 

En el segundo verso se introduce el mar, tan presente en su obra. Interpreto, de modo personal, que a lo largo de este verso continua el paralelismo entre juventud y madurez, esta vez definiendo la postura del joven poeta ante el mar de la vida que aprecia como un horizonte. Aquí Neruda piensa en el mar, lo evoca, lo escucha pese a que aún está lejos de ese océano que le arrebata el hijo ya crecido a la madre solitaria. Neruda desde su juventud, aún está lejos de adentrarse a ese mar de leva que es la vida en sí, pero el propio poeta desde su playa personal, ya se intuye mayor, ya escucha, presiente, piensa y conoce esas profundidades del crecer. Aquí asistimos al aspecto clave del poema, y es entender cómo Neftalí Reyes a tan corta edad logra capturar la amargura y la pena que sólo podrían traer los años que aún no vivía, años que son las olas de ese mar temido y bravío. El poeta se hace poeta al tener la “infinita edad de los recuerdos…”

 

Neruda continua con el elemento del agua durante el tercer verso, (Véase como se parte del fuego (contemplación) para sumergirse en las aguas (un fluir hacia…) para representar la vida. La charca de lodo en contraste con las aguas cristalinas del río que fluye. Aquí se hace palpable la dualidad del agua estancada y del agua que corre en su ciclo. En el lodo podemos palpar los recuerdos, el río simplemente se los llevará.

 

Se concluye la vela y con ella el poema; también acaba el poeta, ¿Pues quién puede serlo sin sus aladas utopías? Pero la boca de lobo ya nos engulló y tragó, y por eso el día se descubre alumbrando al moribundo cuya agonía es de tinta y papel.

 

Por: Javier Andrés Arias Bernal

 

TW: @jaabBernal – Instagram: Liter_arias – Contacto: silogismocronico@gmail.com

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